India (Kerala) y Sri Lanka julio 2016

Os cuento cómo surgió esta aventura… Hay épocas en las que hago polvo los buscadores de vuelos con la esperanza de encontrar alguno barato. ¡Y una fría tarde de febrero, buscando vuelos sin destinación concreta, llegó el chollo! ¡Encontré uno a la India por 310€, una oferta difícil de rechazar!

Realmente, no tenía demasiado interés en visitar la India. No sé si estaba (ni si estoy preparada ahora mismo) para vivir tal experiencia, pues es un país muy intenso, y en mis viajes prefiero visitar lugares más “amables” y tranquilos. Si tengo oportunidad algún día iré de cooperante o incluso a un retiro espiritual en alguna comunidad.

Al grano… pues resulta que hay un país cercano a la India que quería visitar hacía tiempo, Sri Lanka. Entonces se me ocurrió la opción de pasar los primeros días en la zona de Kerala (India) – que según tenía entendido es una zona muy bonita y de las más “desarrolladas” del país – para hacerme una idea fugaz de lo que es la India, y posteriormente, la mayor parte del viaje, centrarme en recorrer la lágrima de la India: SRI LANKA.

Pero ¿cómo encontrar compi de viaje sin arriesgarme a perder esa oferta tan apetecible? Pues más vale pájaro en mano… 😉 Así que decidí comprar el vuelo y asegurar. Y ya con tiempo… podría decidir si ir sola o acompañada. Tenía 6 meses hasta la fecha del vuelo, es lo que tienen la mayoría de ofertas, que son con muuuucha antelación! Y bueno, durante ese largo tiempo, conforme iba investigando sobre mis destinos y planificando el viaje, las ganas de probar a viajar sola aumentaban, y así lo acabé haciendo finalmente.

Durante los meses que quedaban para viajar a la India y Sri Lanka leí mucho sobre ambos países, tracé mi posible itinerario y saqué el visado para la India, que es necesario hacerlo con suficiente antelación (lo explico más abajo)

INDIA

Para entrar a la India necesitas visado. En mi caso, el visado de turista tenía un coste de 64€*, y lo emitía la empresa Arke BSL ubicada en Madrid, por lo que tuve que enviarlo por correo certificado con Seur (12€ ida + 12€ vuelta a añadir a los 64€). En mi caso no tuve ningún problema con el envío, y en 3-4 días tenía mi pasaporte de vuelta tal y como lo había enviado, pero con un sello más.

*ACTUALIZADO (JUNIO 2018): Actualmente ya se puede realizar la tramitación del visado de 60 días online, con un coste de 50$. Simplemente entras en https://indianvisaonline.gov.in/evisa/tvoa.html y rellenas la “e-Visa Application” . También hay empresas que te realizan la tramitación online pagando un suplemento.

 

Día 1: Cochin.

     

Mi vuelo era Madrid-Bangalore, y tenía dos opciones para llegar a Cochin, mi primer punto del recorrido por Kerala: unas 9 horas de autobús o una hora en avión. Cogí la opción rápida y más cara, aunque asequible: vuelo interno a Cochin por 29€, así me ahorraba unas 10 horas de transporte por carretera hacia la zona de Kerala. De esta manera, sumé 32 horas de trayectos, 3 vuelos y 2 noches durmiendo a ratos en aeropuertos y aviones (es lo que tienen la mayoría de vuelos tan económicos!). Pero por fin había llegado y este era mi recorrido para mis 5 días por Kerala:

El cansancio del viaje no me impidió aprovechar mi primer día en Fort Kochi. Esta pequeña ciudad costera me pareció bonita y tranquila, con casitas bajas bastante cuidadas, algunas tiendas de artesanía y un lugar ideal para comer pescado bien fresco en los puestecitos callejeros del paseo. Creo que este día fue el que mejor comí de los cinco que pasé en la India! Más adelante me entenderéis 😉

Además, aproveché para contratar el paseo en barca por los backwaters que quería hacer al día siguiente (nos 20€, traslado hasta los canales, paseo en barca y comida).

Lo primero que hice fue buscar el alojamiento que llevaba reservado, el Four Seasons hostel (7€/noche), para poder dejar la mochila y dar una vuelta por Cochin. Suelo reservar la primera o primeras noches por ir más tranquila, pero nunca he tenido problema en encontrar alojamientos donde viajo. Fue ver el zulo donde iba a dormir, dejé mis trastos y me fui. La habitación poco tenía que ver con las fotos que había visto en Agoda, pero estaba tan cansada que no me apetecía ponerme a discutir, así que allí me quedé. Era una habitación con mucha humedad (¡hasta en las sábanas!) y con mobiliario viejo y roto, sucia y oscura (la ventana que daba a un muro mohoso plantado a unos 20 cm de distancia, no dejaba que entrara la luz en la habitación). Además, el marco de la ventana tenía partes rotas y podía entrar cualquier bicho. De hecho, vi una cucaracha corriendo por el suelo! Estupendo, ya tenía compi de habitación!! Suerte que no les tengo mucho miedo… sólo un poquito de asquete, pero jamás mataría a una 😅 No había red antimosquitos en la cama (la primera noche me frieron ya, incluso con repelente!), WiFi sólo en el restaurante, que por cierto era lo mejor del hostel. Fue mi primer alojamiento del viaje y me decepcionó bastante. Por suerte los siguientes fueron más decentes y baratos! Aún así, cansada del viaje, ¡Caí redonda conforme me tumbé en la cama!

Al día siguiente llegaba el primer plato fuerte del viaje, una ruta en barca por los backwaters (canales) de Alleppey.

 

Día 2: Paseo en ketuvalam por los backwaters.

El día anterior pude contratar en Cochin esta actividad que duraba unas 6 o 7 horas por unos 20€. Recomiendo hacerlo una vez allí, in situ. Puedes negociar en persona la duración del paseo o el recorrido que deseas hacer, y los precios son más económicos que online. Al menos en Cochin, donde yo me alojaba, hay varias “tiendas” cuyos escaparates muestran publicidad sobre los paseos en backwaters, y puedes preguntar cualquier duda y contratarlo si quieres. Y lo mismo ocurre en Alleppey o Kottayam, que son las poblaciones rodeadas por estos laberintos de canales, lagos y ríos. 

A las 9am me recogieron de mi “lujoso” alojamiento, tal y como había quedado el día anterior cuando contraté y pagué la actividad del paseo en barca, pero cogí mi mochila, ya que al terminar la actividad no volvería a Cochin y seguiría hacia Alleppey, ahorrándome así parte del trayecto y bastante tiempo. Sobre las 9am nos fueron recogiendo a mí y otros ocho turistas más en nuestros alojamientos , y en una hora o así llegamos al punto de inicio de nuestro paseo por los canales, donde esperaban pacientes nuestro ketuvalam  y su incansable capitán.

Los ketuvallam son barcos tradicionales que años atrás transportaban arroz y estaban perfectamente adaptados a las singularidades orográficas de los backwaters. Antes de construirse las carreteras actuales, todo el transporte de mercancías en esta región se hacía en barco por estos lagos y canales. Los ketuvallam que ahora se contratan están lógicamente adaptados a las necesidades de los viajeros más exigentes, pudiendo incluso pernoctarse en ellos si deseas alargar tu paseo por los canales más de un día, aunque en mi opinión, con unas horas es más que suficiente.

Nosotros estuvimos surcando lentamente los canales durante más de 3 horas, con varias pausas.

En una de ellas disfrutamos del omnipresente “rice & curry” que nos habían preparado unas señoras en una casetita a la orilla del canal. El curry del rice & curry no es el que conocemos aquí color amarillo mostaza, sino que se denomina rice & curry al plato de arroz acompañado de diferentes salsas compitiendo por ser la más picante! Y mi estómago comenzaba a resentirse del picante… ¡pero había que alimentarse! Este plato es tan típico que en los 5 días que pasé en Kerala me resultó complicado encontrar otra cosa de comer, o al menos a precios populares (¡y mira que lo intenté, pues mi estómago lloraba cada noche…! Creo que perdí 1kg por día 😥).

IMG_20160717_142206_HDR-1.jpgTras reposar un ratito la comida volvimos a la barca, y aún paramos más: una vez, para ver un pequeño jardín con plantas aromáticas y especias (nos llevamos nuez moscada y clavo); y otra para conocer a un anciano que recogía cocos, secaba las cortezas y les sacaba todo el provecho (por ejemplo, con los hillillos de la corteza elaboraba cuerdas y cestas); otros hombres reparaban barcas a golpe de martillo, etc. ¡Qué vida más sostenible y qué distinto a nuestra cultura del usar y tirar (y volver a comprar)!

Ya imaginaba que recorrer los canales de Alleppey iba a ser una experiencia chula, pero superó mis expectativas. El suave movimiento de la embarcación y ese silencio sólo roto por pajarillos, gallinas, vacas, bueyes y otros animales que miraban indiferentes a nuestro paso fue una de las experiencias más relajantes que viví en este -a menudo caótico- país! Incluso en un momento dado escuchamos el canto o rezo de un niño que nos amenizó dulcemente el paseo:

 

Llegué a Allepey sobre las 6 de la tarde y tras instalarme en mi hostel salí a inspeccionar el terreno y buscar algún sitio para cenar. Mi sensación es que se trata de una zona turística pero era temporada baja, por lo que tenían la playa hecha un estercolero. Ya en Cochin no había tenido sensación de mucha limpieza precaísmente, pero aquí la basura se acumulaba formando montañas, y eso me impactó.

Aquí podéis ver un poquito el estado de la playa.

El mar casi no lo fotografié porque estaba muy movido. Esto es porque de junio a septiembre es época de Monzones en la India y el mar suele estar bastante revuelto. Según me contó un chico con el que charlé un ratito en la playa, allí no se preocupan de la basura en temporada baja porque no hay casi turismo, y luego justo antes de la temporada alta lo dejan todo limpito para los turistas. Vamos, que este no era un lugar idílico típico de folletos de viajes… Por la playa me crucé con pocos turistas, con un par de cabras y con varios perros abandonados que te atacan si te acercas ¡comprobado en primera persona! Bueno, atacarme no llegó a hacerlo, pero me persiguió ladrándome, y mira que amo a los perros, ¡pero me cagué viva!). Como entenderéis, no prolongué demasiado el paseo por la playa, y en un restaurante sencillo entré a cenar.

Era necesario que cuidara mi alimentación, pues tanto picante en todo estaba causando estragos en mi estómago, así que pasé de la comida local y me pedí una “big omelette” que encontré en el menú. Y tacháaaan! Cuando me la sirvieron, resulta que le habían plantado, in the middle y a modo topping, una salsa roja que picaba como una condenada! Así que me comí la tortilla tipo donut y la salsita ahí se quedó…! Por suerte, el camarero me vio un poco apurada y me trajo arroz blanco, regalo de la casa, que hizo que no me fuera a dormir hambrienta.

Día 3: Alleppey – Thekkady

Por la mañana, salí a callejear por Alleppey. Callejuelas llenas de motos, bicis y rickshaws que serpenteaban sin orden ni concierto, caminos embarrados con obras sin terminar.

Grupos de machos locales que a mi paso que reían entre ellos y susurraban mirándome de arriba abajo (bueno, miraban sobretodo abajo porque no acostumbran a ver mujeres con las piernas descubiertas). Mosquitos cabr… que me freían a pesar de embadurnarme de insecticida a cada hora  ¡parecía que tenía la varicela!), … *Nota mental: comprarme otro pantalón YA!!

Puedo dar la impresión de ser una quejica, pero cuento mis vivencias tal cual las sentí, no pretendo endulzar la realidad. De todas formas, ¡pronto empezaría a mejorar la cosa!

Dado que aquí en Alleppey no había encontrado nada interesante (a excepción de los idílicos paseos por los backwaters, oasis en medio del caos) decidí continuar mi camino ese mismo día hacia Thekaddy, mi última parada antes de llegar a Madurai, donde cogería el vuelo a Sri Lanka.

Thekaddy y Kumily eran dos poblaciones vecinas situadas en el corazón del parque nacional Periyar. Los paisajes montañosos tenían un verde vibrante que me atraía a mirar constantemente por la ventana del autobús! El camino de Alleppey a Thekaddy duró unas 2-3 horas, de las cuales la mitad del tiempo fue por curvas. Pero me daba igual, las vistas mejoraban a cada kilómetro. Finalmente llegué a Thekaddy y busqué alojamiento. Elegí un hotelito por unos 8€ al cambio, regentado por un señor muy amable y servicial. Decidí quedarme en la habitación a descansar, pues mi estómago me requería tener cerca el baño y me notaba muy floja. El casero al verme así se preocupó por mi salud y me trajo una infusión, cosa que agradecí un montón.

Al poco rato me subía por las paredes de ver que pasaba la tarde y no estaba aprovechando mis últimas horas en la India, y más en un lugar tan bonito! No quería salir del país con la sensación turbia que tenía hasta el momento. Así que me animé a dar una vuelta.

Mientras caminaba empezó a lloviznar, pero por suerte paró pronto. Por la calle principal, decenas de joyerías y tiendas de especias y fritanga creaban una atmósfera colorida y aromática muy peculiar. Caía la noche y las tiendas se iluminaban pero seguía habiendo mucho trasiego y ninguna cerraba. Compré en una tiendecita de alimentos dos tortitas de trigo, lo más suave que encontré, para llevarme a la habitación y recuperarme descansando. Al día siguiente me proponía visitar el Abraham’s Spice Garden, y aprender un poco de botánica de paso… pues esta zona era el paraíso de las especias. Me acosté. Esa noche fue la traca, no pude contar las veces que tuve que ir al baño, pero por fin debí expulsar el bichito que me causaba el mal de estómago y pude descansar.

Al día siguiente, sin prisas, me levanté y desayuné. Me había planteado ir andando pues de mi alojamiento al jardín de especias de Abraham había 5km. Inicié el camino, salí del centro urbano de Thekkady pero varios autojigshaws paraban para convencerme de llevarme al jardín, ya que quedaba lejos… Me mantuve firme los 10 primeros, pero finalmente cedí a la presión y monté en uno que me ofreció llevarme por tan poquitas rupias que era de tontos negarse. Así que en 10 minutos estaba en el Abraham’s Spice Garden.

Pagué la entrada y me dejé guiar por una señora (intuyo que era la mujer de Abraham) que sabía infinidad sobre cada planta. No puedo nombrar ni una, pero el paseo por el jardín fue delicioso. Flores extrañas de mil colores, plantas aromáticas, árboles tropicales,… ¡no se acababan nunca! La visita duró una hora aproximadamente, acabando en una tiendecita donde podías comprar especias, tés, jabones, aceites y otros productos elaborados por ellos. Me esperé a volver a Thekkady porque sabía que podía comprar todas esas cosas a un precio mucho más bajo que en el jardín. Le agradecí sus interesantes explicaciones y salí de allí. Para volver, ni me lo pensé. Cogí otro autojigshaw y volví a la ciudad, donde compré algunos packs de especias para regalar a mi regreso. Todo a precios irrisorios, la verdad.

Llegaba la hora (o eso creía yo…) de seguir mi camino hacia Madurai. Así que después de comer, cogí el autobús que se dirigía a esta gran ciudad. La idea, ya que huía de las ciudades masificadas y caóticas, era llegar tarde para encontrar alojamiento, dormir y aun así dispondría de la mañana siguiente, tiempo más que suficiente para ver algún templo y callejear por la ciudad. Cogí el autobús a mediodía y llegué sobre las 7 de la tarde. Conforme más nos adentrábamos en el centro más tráfico había y más locos iban todos. Qué barbaridad cómo conducen, ¡pero milagrosamente no hay demasiados accidentes!

Cogí una habitación minúscula por el centro, pero no me importaba porque tampoco iba a pisarla demasiado. Tras bajar y comprarme la cena y un super batido de frutas y yogur hecho en el momento que estaba delicioso, me fui a dormir.

Día 4: Madurai

Al día siguiente me orienté para llegar andando al templo de Meenakshi Amman, que por Internet me había llamado la atención por sus coloridos detalles y su gran tamaño.

En la entrada, no daban sarong para cubrirse las piernas y un chico se ofreció a llevarme a comprar uno y de paso enseñarme ver el templo desde la azotea de su tienda de antigüedades. Evidentemente, era un reclamo para que comprara algo, pero tenía curiosidad por ver el templo desde las alturas, así
que le seguí la corriente. Bueeeeno… Desde un 3º piso las vistas no eran las mejores, pero aun así eran muy bonitas.

Y ya con mi sarong me dejaron entrar al templo. La estructura rectangular de este templo está cusodiada por 12 torres, todas ellas llenas de figuritas coloridas que representan dioses, animales y demonios de la tradición hindú. Dentro del templo se respira ese aire místico que tanto atrae de la India. También ayudan los fieles que se acuclillaban en el suelo y rezaban a las más de 30.000 estatuas de los dioses que rodean el interior del templo.

Y cómo es eso de ir por un templo y encontrarte un elefante (vivo) con flores y telas de colores? Pues en la India todo es posible… ¡Lo que no sé es cómo consiguen meterlo en el templo! Por lo visto, los tienen como bendición para los fieles.

Di una vuelta rápida por el gran conjunto arquitectónico y sali pitando a recoger mis cosas y a coger un taxi al aeropuerto, gastando así mis últimas rupias.

La ventanilla donde se hacía el check-in y se recogía el billete estaba en la parte externa del edificio del aeropuerto. Le di mis datos a la chica y tras varios intentos me dijo que no me encontraba… ¡Imposible! – le dije. Y tras un par de intentos mas me dijo que ya me habia encontrado mi vuelo…¡¡pero que era al día siguiente!!

¿¿¿Cómo??? 🤦🤦🤦

Sudor frío. ¿Como era posible? Esto sólo me pasa a mí… Deduje que fue porque en mi ruta tenía previsto pasar dos días en las playas de Alleppey, pero el mar movido, el estado lamentable de las playas y el ambiente hicieron que redujera a una noche la estancia, trastocando mi ruta.

Valoré mis opciones:

1. Volver a la estresante ciudad de Madurai y terminar de ver el impresionante templo como merecía.

2. Esperar en el aeropuerto a que llegara la hora del vuelo, al día siguiente. La chica me ofreció volar en otro vuelo que salía mas temprano al día siguiente (a las 10.30am, mejor que el mío que salía a las 2pm). Ese mismo día ya no había posibilidad…

Para ambas opciones necesitaba dinero, pues de algo debía alimentarme… Un chico con tarjeta identificativa del aeropuerto me informó de que existían habitaciones con neverita y todo dentro del mismísimo aeropuerto para casos (perdidos) como el mío. Y que dentro del aeropuerto había una casa de cambio para poder cambiar euros a rupias, ya que con tarjeta no se podía.

Sopesé las opciones y aunque ver el templo me atraía, no tanto volver al barullo de Madurai. Y dormir en una habitación en el aeropuerto, viendo viajeros llegar e irse tampoco estaba mal! Era una nueva experiencia…

Así que le di 50€ al chico para que me cambiara, ya que yo no podía acceder al interior del aeropuerto sin mi billete, el cual no me darían hasta el día siguiente.

Volvió con mi cambio y me dejó esperando mientras iba a hablar con el director del aeropuerto para el tema de la habitación.

Regresó con la llave de la habitación, me informó del precio (unos 15€ al cambio, parecido a los precios que había encontrado en el centro de Madurai) y me condujo a ella. Nada que ver con el cuchitril donde había dormido la noche anterior, y con vistas al piso de abajo del aeropuerto, dónde los viajeros iban y venían.

Le pagué y me quedé a ver las horas pasar, mientras captaba el WiFi gratis del aeropuerto para informar a los míos de mi última aventura. Cómo tenía tanto tiempo conté las rupias que el chico me había dado, y al introducir 50€ en la app conversora de divisas no me correspondía en absoluto.

¡¡Lo que me faltaba, el chico había debido quedarse con la mitad de mis rupias!!

Bajé pero ya no estaba, y supuse que habría terminado su turno. Eso sí, al día siguiente se lo pensaba dejar clarito 😠

 

Día 5: Vuelo Madurai- Colombo. Tren de Colombo a Kandy.

Por la mañana, dejé la habitación y bajé a la zona de mostradores. Antes de hacer la facturación me pidieron que rellenara una encuesta de satisfacción sobre el aeropuerto y la habitación, y aproveché para contar lo que me había ocurrido el día anterior.  Facturé y me senté a esperar a que saliera el vuelo. De repente, se acercaron dos encargados más del aeropuerto y me pidieron que fuera al despacho del director del aeropuerto. Dentro me esperaba él y unos 10 trabajadores -el ladronzuelo incluído-. El director del aeropuerto me pregunta sobre lo que había escrito en la encuesta de satisfacción, y de la manera más serena posible relato lo ocurrido. La verdad es que me estaba empezando a agobiar, pues no esperaba encontrarme en esa situación y no sabía cómo iba a evolucionar la cosa… Durante mi relato, el director me pidió que señalara al trabajador que me había timado, y tras decirle quién había sido me explicó que va a perder su trabajo… 😲 ¡La que has liado, pollito! Yo no quería llegar a eso, simplemente mostrar mi “descontento” con lo sucedido, pero no quería que lo despidieran 😟 Le pedí al director que no lo hiciera porque tampoco era para tanto, y espero que así fuera porque tuve que abandonar el despacho para embarcar a mi vuelo y no sé cómo terminó la historia…

La verdad es que me fui de la India con una sensación agridulce. Pero mi viaje seguía y a partir de ese día todo fue a mejor.

Sin título

El vuelo de Madurai a Colombo duró 1 hora aproximadamente. Esta es la ruta que hice por Sri Lanka, alternando autobuses, trenes (muy recomendable) y tuc-tucs:

Cojo el bus (o la cafetera jiji)  del aeropuerto al centro de Colombo (unos 30 minutos), camino unos metros y me planto en la concurrida estación de tren de Colombo, cuyo aire colonial te transporta a otra época.

El centro de Colombo, como el de la mayoría de capitales asiáticas, es un caos de tráfico, pero la gente ya cede el paso… y sonríe!

En la estación me informan de que si quiero ir a Sigiriya, la forma más sencilla es coger un tren a Kandy, y allí (ya al día siguiente) coger un bus a Sigiriya. El tren, ya desde su partida, iba abarrotado. De hecho cuando llegué ya no quedaban asientos! Pensé que iba a estar las 3 horitas que duraba el viaje de pie… pero al momento de subir, un adolescente me cedió el asiento… y después de las vivencias poco afortunadas que había tenido los días anteriores en el país vecino, ¡casi se me saltan las lágrimas!

Desde la mitad del recorrido de Colombo a Kandy, el paisaje cambia radicalmente, convirtiéndose en una espesura verde sólo interrumpida por pequeñas y coloridas casitas a ambos lados de las vías! Impresionante. Lástima que al final del viaje fue anocheciendo y no tengo muestra gráfica… A los chavales de aquí se ve que les gusta asomarse y sacar medio cuerpo fuera por la puerta (sin puerta) de los vagones del tren en plan temerario, a riesgo de estamparse con ramas, rocas o algún túnel de los que pasamos! Me entretengo viéndolos mientras me saludan sonrientes la mar de bonicos.

En Kandy, me dirijo a un hostel que he reservado en el mismo tren (gracias a la tarjeta SIM que había aquirido a buen precio en el mismo aeropuerto). Ambiente relajado y habitaciones decentes.  Unas vistas muy hermosas de Kandy desde la montaña. Nada más llegar me ofrecen té y café, que acepto agradecida. Me informan de qué puedo hacer en Kandy. Hacen que me sienta como en casa desde el primer minuto.

En la sala común hay varias personas de diferentes partes del mundo con las que paso un buen rato charrando hasta que llega la noche y, como estamos a gusto y hambrientos, los chicos del hostel nos sugieren pedir cena a domicilio, ya que estamos a las afueras de Kandy. Pedimos a Pizza Hut por decisión mayoritaria -pagando la turistada, eso sí- mientras sigo compartiendo vivencias y recomendaciones con las chicas con las cuales comparto habitación (japonesa, taiwanesa y chilena). Durante la conversación, la chica chilena se animó a acompañarme en parte de mi camino a Sigiriya para ver las cuevas de Dambulla, lo cual me vino genial por la compañía y por economizar el viaje. Aprovecharía para ver las cuevas con ella y de allí yo seguiría a Sigiriya.


Si reservas en Booking a través de este enlace https://www.booking.com/s/11_6/almu9955  recibirás un reembolso del 10% al finalizar tu estancia. Por ejemplo, si haces una reserva de 90€ al finalizar tu estancia en el hotel reservado te devolverán 9€.


Día 6: Cuevas de Dambulla. Sigiriya.

Alarma a las 8am, que tenemos 2 horas (que luego serán 3) hasta Sigiriya. Por el camino, el conductor del tuktuk nos para en un templo hindú y como hay que pagar para entrar, continuamos nuestros camino.  Nos conformamos con ver la colorida fachada.

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Pero casualmente, pegadita al templo hay una escuela, y una maestra nos invita a entrar a verla. ¡Qué ilusión encontrarte una escuela y ver cómo trabajan allí las maestras, y más en un día de clase! Nos enseñan los trabajos de los peques, nos cuentas algunos detalles sobre la educación en el país. Vamos, una delicia. Al final, la maestra más viejita nos pide un donativo que bien lo merecen. Me sienta mejor el pequeño gasto que haber entrado al templo 😉

Con el culo cuadrado del tuktuk paramos en Dambulla a ver sus 5 cuevas/templo excavados en la roca. En ellas se conservan centenares de estatuas y pinturas relacionadas con Buda. Es curioso que en pocas horas he podido ver uno de los mayores templos hinduístas de la India, con decoración colorida y recargada, y ahora estos antiguos templos budistas, mucho más austeros y sobrios.

Las cuevas se encuentran a 160m de altura, por lo que he acabado con las piernas temblorosas de tanto escalón! Pero los monos nos han amenizado la subida…

 

Una curiosidad: prohibido darle la espalda al Buda, por lo que se considera una falta de respeto hacerse selfies con él 😉

 

Ya sin mi compañera de excursión, sigo hacia Sigiriya y dejo mis cosas en la habitación de mi hostel, el Sigiriya Hostel, un albergue sencillo y bien ubicado (me costó unos 9€ la noche en hab. doble de uso individual)  y con un porche y un jardín con vistas a la Lion’s rock que invitan a relajarte en sus hamacas. Además, ofrecen bicicletas gratuítas (al menos cuando yo estuve) para explorar la zona pedaleando, lo cual es muy recomendable.


Si reservas en Booking a través de este enlace https://www.booking.com/s/11_6/almu9955  recibirás un reembolso del 10% al finalizar tu estancia. Por ejemplo, si haces una reserva de 90€ al finalizar tu estancia en el hotel reservado te devolverán 9€.


Me quedo unos minutos en una hamaca del porche, disfrutando de las estupendas vistas a la Lion’s rock hasta que el chico que lleva el hostel me invita a acompañarle a un río cercano donde va a darse su baño diario. Le acompaño encantada de que me enseñe los alrededores, que era justo lo que pensaba hacer pero en solitario. Cuando termina su aseo, nos despedimos y yo me voy por mi cuenta a explorar los alrededores.

Aprovecho que el sol está más bajo para subir a ver el atardecer desde la hermana pequeña de la Lion’s rock, que se llama Pidurungala’s rock. Según he leído, la subida a esta cima es más suave, y las vistas son geniales, ya que puedes ver la Lion’s rock al fondo.

Y menos mal que subí la pequeña, porque también sufrí, sobretodo al final que hay que trepar un poquito. El esfuerzo tuvo su recompensa, a pesar de que estaba nublado y no pudimos ver el sol ponerse.

Vuelta a mi alojamiento. De cena, arroz con pollo y curry en el porche del alojamiento. Me escapo a mi habitación mareada después de estar fumando y bebiendo cervezas y un aguardiente hecho con coco con el encargado de mi hostel, que ya es coleguita. ¡Así no me iba a apetecer marcharme…!

Día 7. Safari en Sigiriya

Esa mañana quise pasarla tranquila, recorriendo la zona en una bicicleta que me ofrecían gratis en mi alojamiento. No son grandes distancias, por lo que no se requiere demasiado potencial. Me limité a rodear la Little Rock improvisando por los caminos que me parecían mejores. El paseo fue agradable, excepto por el susto que me llevé cuando un par de perros callejeros que empezaron a perseguirme y pedaleando con todas mis fuerzas pude dejarlos atrás.

Por la tarde me apunté a visitar el parque nacional de Minneriya compartiendo jeep y gastos con una familia que se hospedaba en mi alojamiento. Nombrado como santuario de la vida salvaje en 1938 para preservar la naturaleza del lugar, Minneriya fue declarado parque nacional en 1997. Desde entonces, esta reserva natural es uno de los principales puntos de interés del país por su vida salvaje y la belleza de su entorno. Lo recorrimos en 4×4 y la experiencia me pareció una pasada. Lo pasé pipa viendo monos, bisontes de agua, flamencos y, por supuesto, elefantes. ¡Incluso pudimos ver un camaleón camuflado en el tronco de un árbol!

El conductor de nuestro jeep era un temerario. Tanto que en un momento en el que nos encontrábamos parados, disfrutando de ver a los elefantes en sus quehaceres cotidianos, uno enorme empezó a correr hacia nosotros, y del acelerón del jeep me caí y rodé por el suelo, con poco éxito en mis intentos de recuperarme y volver a mi asiento. Cuando por fin conseguí incorporarme un poco vi que el animal seguía corriendo detrás nuestro y por los rugidos que soltaba parecía enfadado…

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Me sujeté bien a la carrocería para no volver a caerme y por fin… tras unos segundos de pánico, empezamos a ganar distancia y el elefante nos dejó tranquilos. ¡Cuánta adrenalina soltamos!

De pensar que eso podía haber ocurrido segundos antes, al sacarme esta foto, ya no volví a moverme de mi asiento jeje.

Pero aún nos quedaba otra sorpresa, esta vez más divertida… Un elefante montando a una hembra a unos 20 metros de distancia de nuestro jeep. Los sonidos que emitían ambos animales y verlos allí, tan cerca, fue toda una experiencia. Incomparable a cualquier documental de La 2, os lo aseguro:

 

Día 8. De Sigiriya a Kandy (en bus).

Continué mi camino rumbo a Kandy, donde había pernoctado de camino a Sigiriya. Pero esta vez quería ver esta ciudad con nombre de caramelo… Para hacer este trayecto cogí dos buses. Uno de Sigiriya a Dambulla (media hora) y otro de Dambulla a Kandy (dos horas). Llegaba a Kandy sobre las 13h, dejé la mochila y salí a ver la ciudad. Comencé por buscar dónde comer, ardua tarea si tu estómago rechaza tal nivel de picante. Tras entrar en unos diez locales, me compro unas especies de hojaldres de carne. Lo más parecido a una dieta blanda jeje. La comida en este país no era tan picante como en la India, pero mi estómago seguía sin tolerarla bien.

Kandy me resultó muy atractiva a nivel cultural y urbanístico, y no tiene nada que ver con la caótica Colombo. Tiene un lago precioso en medio que puedes bordear paseando.

 

De camino al templo del diente de Buda hice un par de compritas y paseé junto al hermoso lago de Kandy.

Antes de entrar al templo unos chicos con gran poder de convicción me querían vender una entrada para ver una danza típica esrilanquesa (unas 1000 rupias esrilanquesas). Al final, le caigo en gracia al productor del espectáculo y me invita a entrar gratis. Me pidió que entrara con él, y así sin más me reservó un asiento ¡en primera fila!

 

Salí hacia el templo, que en realidad es un recinto cerrado muy bien conservado, con restos arqueológicos y templos de todo tipo. El templo recibe ese nombre porque, supuestamente, en él se encuentra el diente de Buda, que se encontró entre sus cenizas y ha sobrevivido a un montón de siglos,  guerras y desastres naturales. No sé hasta qué punto será verdad pero la historia entera es interesante. Para entrar al edificio más importante, el del diente, había tropecientos mil turistas formando una cola kilométrica, por lo que decido verlo por fuera. Algo cansada ya de ver budas, devotos descalzos y edificios sagrados donde debes quitarte el calzado cada vez, compruebo que ya casi es la hora de la danza, y me dirijo al teatro. Mientras espero a que empiece, el “boss” me insiste en que pida lo que necesite. Le digo que gracias pero que no quiero nada, y aun así me trae un café. Por respeto me lo bebo. ¡Cuántas atenciones! Me olía que tanta amabilidad no sería a cambio de nada, pero ya me las arreglaría…

El espectáculo duró una hora que se me pasó volando porque realmente era digno de ver. Bailarines y bailarinas representaban escenas cotidianas de la vida en Sri Lanka, culminando con unos números de malabares y  fuego.

Como ya imaginaba, al terminar el espectáculo, el “boss” volvió a acercarse para “discutir sobre el espectáculo”. Por suerte, justo en ese momento aparecieron unos viajeros españoles con los que coincidí en el avión a Sri Lanka… ¡salvada por la campana!

Día 9: tren a Nuwara Eliya

Este viaje en tren fue el más bonito que había y he hecho en mi vida. Fueron 3 horas de tren, en las cuales el paisaje más de bosques del centro/norte de la isla fueron dando paso a las plantaciones de té de las altas montañas. ¡Menudos paisajes!

Después, en mi hostel, el Nuwara Eliya hostel by Backpack Lanka (por el que pagué unos 9€ por noche en habitación compartida para 6 personas), mucho ambiente mochilero intercultural (chinos, holandeses, ingleses y españoles). Esto propició unas birras nocturnas en el centro de Nuwara Eliya y una excursión juntos al día siguiente a los Horton Plains y el World’s End. No pudimos alargar demasiado las cervezas, ya que al día siguiente debíamos despertarnos a las 5am para llegar a las llanuras temprano y caminar con menos sol.


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Día 10: Nuwara Eliya y Horton Plains.

Madrugón! Salimos a las 5.30am hacia Horton Plains, una llanura a 2000 metros sobre el nivel del mar, parque nacional y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESO hace unos años. Unos 7km de pateo por la montaña, y yo sin desayunar porque no caí en comprar algo y en el hostel tampoco ofrecían desayuno, y menos a esas horas. Debo decir que aguanté como una campeona, a pesar de que las últimas dos horas fueron durillas por el calor incipiente.

La senda que empezó conduciéndonos por llanuras abiertas y nubosas que parecían sacadas de una película de Tim Burton, continuó por cascadas como la Baker’s Fall y bosques cerrados casi selváticos hasta que llegamos al famoso ‘World’s End’, un imponente precipicio a muchísimos metros de altura. Tras las bromitas de rigor despeñándonos continuamos hasta el final del recorrido.

A las 12 de la mañana terminó nuestra ruta, andábamos exhaustos pero muy satisfechos. Vuelta al hostel, comida rapidita y siesta obligada porque estábamos muertos todos. Por la tarde bajamos a pasear por el pueblo de Nuwara Eliya, también conocido como la ‘Little Britain’ ya que los ingleses vinieron a montar las ‘tea factories’ (Lipton por ejemplo cosecha y produce su té aquí), y ya de paso se asentaron y construyeron todo a su estilo. Entre las casas, el tiempo frío y nublado, la intermitente lluvia, el campo de golf, y los ingleses e irlandesas de mi alojamiento parecía que estaba en Londres 😀

 

Día 11: fábrica de té Mackwoods y tren a Ella

De camino veo mujeres recolectando té. Es curioso ver que son sólo mujeres las que realizan esta tarea. Llevan enganchados a la cabeza unos sacos grandes de mimbre donde van dejando las hojas de té que con destreza separan de la planta.

El conductor del tuktuk me para y me acerco a hacerles unas fotillos. Me animan a hacerles fotos y posan para mí a cambio de la voluntad, que gustosamente les doy sólo por majas 🙂

La Mackwoods es la sede de una de las plantaciones de té más famosas de todo Sri Lanka y fundada por un capitán de la marina británica Sir William Mackwood allá por el 1841. En la actualidad sus plantaciones ocupan unas 11.000 hectáreas lo que ayuda a entender su importancia.

El conductor me deja en el parking. La entrada es gratuita e incluye una visita guiada (en inglés) por la antigua fábrica, y dura unos 45 minutos.

Primero nos enseñaron algunas plantas de diferentes especies de te. La visita continuó por el interior de la fábrica donde muestran los procesos de secado, prensado y envasado.

Y por último, al terminar me invitaron a una taza de té y a torta de chocolate. También existe posibilidad de comprar té en una tiendita que hay al final del recorrido pero preferí comprarlo más tarde en un supermercado de Ella, que seguro que sería más económico y habría más tipos y marcas de té originarios de allí.

A las 3.15pm comencé mi segundo y último recorrido en tren por las montañas esrilanquesas, esta vez hacia Ella. Las plantaciones de té de color verde intenso van dejando paso a bosques frondosos  que me recordaron a Alaska. Ya casi llegando a Ella se empezaban a ver algunas palmeras, señal de que íbamos aproximándonos a la costa…

Busco mi hotel en Ella, y el Leisure Dream Inn resultó ser una joya de alojamiento. Me encantó por las vistas, porque todo está impecable y muy bien decorado, y por su magnífico desayuno que no te lo acabas… La habitación y el baño fueron los más limpios y nuevos que había tenido hasta entonces, y con salida a un porche con unas vistas geniales al Adam’s Peak.


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Antes de cenar, doy un paseo por Ella. Está todo lleno de chiringuitos y pubs con terrazas tropicales con mucho rollito, aunque algo turístico para mi gusto. Entre terracita y terracita, por fin me animo a darme mi primer masaje ayurvédico.

Y para rematar el día: cena, charla y a beber cervecitas con un chico esrilanqués encantador que he conocido.

Día 12: Little Adam’s Peak y rumbo a Tissamaharama en tuktuk.

Después del desayunazo que me sirven en el porche junto a mi habitación (no he podido ni con la mitad) tocaba ponerse las pilas y ascender mi tercer y último pico en este país, el little Adam’s Peak. La motivación por la belleza del paisaje me facilitó el camino.

Al bajar, aún me quedaba tiempo para ver el Nine Arch Bridge, un hermoso puente que construyeron los ingleses para transportar el té y que sigue en uso.

Después de comer, cogí el tuktuk a Tissa. Por el camino, el conductor paró unas cuantas veces a comprar verduras para su casa, pero entre parada y parada me obsequió con una para que viera unas cataratas muy chulas en la misma carretera.

 

Mañana tocaba safari por el parque nacional de Yala, por lo que tocaba madrugón (4.30am) para ver a los animalillos al amanecer, que es más fácil que entrada la mañana. Los leopardos son los animales más ansiados, todo el mundo quiere verlos pero no siempre se consigue, pues son muy esquivos a los humanos y saben esconderse bien entre la vegetación.

Día 13: Safari en Yala. Tangalle y desove de una tortuga en la playa.

Durante las 6 horas que estuvimos recorriendo en jeep el parque Nacional de Yala, esperando tener suerte y poder ver al anhelado leporado, pudimos ver todo tipo de animalillos: pavos reales, búfalos, una especie de hurón, ciervos, cocodrilos, elefantes,… Pero las horas pasaban y ni rastro del leopardo.

Sobre las 8am sale al camino un osezo negro, que se contonea como un modelo al lado de los jeeps, ajeno a nosotros. Mi conductor nos dice que “Very lucky!”. Vale, somos afortunados pero seguimos queriendo ver al misterioso leopardo jeje.

  

 

Seguimos de rallye viendo más animalitos: más cocodrilos, más aves, más ciervos, más búfalos… Nos unimos a otros 3 o 4 jeeps parados para ver qué han visto, y por fin, allí estaba el leopardo!!!

Caminaba elegante, como sabiendo que nos tenía a todos entusiasmados, nos miró (nos cagamos de miedo) y se esfumó entre la vegetación. Breve pero impactante. Sentí un nudo en la garganta de la emoción, tanto que casi me olvidé de fotografiarlo.

Terminó el safari, y me sentía llena de emoción pero exhausta de tantos botes y culadas de las 6 horas de jeep. Tras volver a Tissamaharama, cojo un autobús a Tangalle Beach (una hora y media aproximadamente) y me voy alejando del centro de Tangalle en dirección a la playa, que es lo que busco en estos últimos días. Por fin, encuentro un resort entre el mar y el lago de Tangalle, Asha beach & Spa, que regateando me sale tirado porque al ser temporada baja no hay ni dios, creo que unos 20€ la habitación doble con vistas al lago. Por la tarde toca otro masajito, pues como es mi última semana me voy a permitir ciertos caprichos. El hotel y la habitación eran preciosos y estaban muy bien cuidados, y el masaje muy profesional.


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A las 8pm me acompaña el chico que lleva el hotel a ver el desove de las tortugas, pues esta es una zona donde las tortugas dejan sus huevos durante esta época (finales de julio o principios de agosto). Es de noche cuando salen a la playa a cavar un agujero de su tamaño, poner los huevos y taparlos. La verdad es que esperar 3 horas a oscuras y en silencio en la playa a que la pobre tortuga excavara su agujerito se me hizo largo. Al final, nos volvimos sin verla poner los huevos ni regresar al mar…

Día 14: Hiriketiya Beach y Mirissa Beach.

Aunque el tiempo no acompaña, hoy toca playa sí o sí. De camino a Mirissa, el pueblo donde voy a pasar los próximos dos días, hago un alto en Hiriketiya Beach, una calita que me han recomendado los españoles que conocí. Si nublada me pareció una maravilla, no imagino cómo será con sol… Me gustó porque estaba muy poco explotada, muy salvaje. Me dediqué a leer esperando a que el tiempo mejorara con el paso de las horas.

Por la tarde, cojo el bus a Mirissa, y hago el chek-in en un hostel nuevo y moderno, que regenta un italiano muy majete. El Hangover Hostels Mirissa se encuentra a unos 100m de la playa de Mirissa, y como por fin va saliendo el sol, aprovecho para darme mi primer baño en la playa y disfrutar de uno de los mejores atardeceres que he visto nunca. Una imagen vale más que mil palabras…

Por la noche doy un paseo por la playa de Mirissa, que la tengo a 100 metros del alojamiento. Las mesas con velitas que preparan al caer el sol han desaparecido, y ahora la gente se concentra en el interior de los chiringuitos, la mayoría bebiendo y algunos más adelantados, bailando. Yo no soy muy de bailar, y menos sola 😀 por lo que vuelvo tranquilamente a mi habitación, y duermo como un bebé.

Día 15: Mirissa beach.

Aunque había planificado día tranquilo de sol, playa y lectura, al poco de tumbarme en la arena mi móvil deja de funcionar y de cargar, y me aconsejan ir a la ciudad de Welligama a arreglarlo. Se encuentra a unos 5km de Mirissa, así que cojo un tuktuk y me acerco. En la tienda a la que me lleva el conductor del tuktuk me dicen que lo deje unas horas para que me lo miren y vuelva después.  Entonces mi “chofer” tiene la super idea de dejarme en una playa ideal para aprender y practicar surf que hay a mitad de camino entre Welligama y Mirissa. Me parece una idea estupenda, ya que era una de las cosas que me apetecía hacer en este viaje. Además, el día de hoy parecía destinado a resolver el asunto del móvil pero tampoco quería perder el tiempo sin hacer nada más…

Me ofrecieron una clase por unos 3€ al cambio en la que me aseguraban que podría ponerme de pie a la primera, y así fue. Eso sí, no duré arriba ni 3 segundos jejeje. La actividad física, la diversión y las buenas energías del surf hicieron que me olvidara del móvil por un buen rato. Tragué agua unas cuantas veces, y acabé agotada de remar pero me lo pasé pipa. Cuando terminé, el conductor del tuktuk me esperaba para volverme a llevar a ver qué había ocurrido con el móvil. En la tiendita me comentaron que tenía un problema con el cargador, pero que ya volvía a funcionar. Qué suerte la mía! Porque todas mis fotos estaban en el móvil y temía más por perder las fotos que el móvil en sí.

Por la noche, fuimos a cenar y a tomar unos coctails varios jóvenes de diferentes países que nos hospedábamos en el hostel. Estuvo entretenido y conocí a una chica de las Maldivas, uno de mis viajes pendientes… que casualmente era sobrina del dueño de un resort de super lujo, de esos que cenas en un restaurante bajo el mar y a través de un cristal que hay en el suelo de las habitaciones puedes ver el fondo marino. Me apunté su teléfono, aunque nunca pude volver a verla ni contactarle ya que mi móvil murió definitivamente al día siguiente.

Día 16: Mirisa (ballenas). Jungle beach

 

Hoy tocaba madrugar de nuevo, ya que un chico de mi alojamiento y yo estábamos interesados en ver ballenas y la actividad comenzaba muy temprano. Por suerte, este era el último madrugón del viaje. Y ballenas lo que es ballenas no vi. Hubo un momento en el que uno de los vigías, tras 2 horas en el barco y varias personas mareadas o incluso vomitando de la marea, gritó señalando a lo lejos lo que se suponía era una ballena, pero yo no distinguí nada. Sin embargo, durante casi 10 minutos, un grupo de juguetones delfines estuvieron entreteniéndonos con sus piruetas. ¡Qué animales más entrañables!

Sobre las 10 de la mañana regresamos al puerto de Mirissa, y de allí cogimos un tuktuk que nos llevó a nuestro hostel. Me habían recomendado ver la Jungle Beach, una playa salvaje muy bonita de camino a Galle. Así que decidí pasar el resto de la mañana y algo de la tarde allí. Y después seguir hacia Galle. Esta playa es espectacular. El tiempo fue mejor que en Hiriketiya pero no dejaban bañarse por fuerte oleaje, así que me tuve que conformar con tumbarme a la bartola y disfrutar de la belleza de esta exuberante playa.

Por la tarde visité la ciudad de Galle y su enorme fortaleza. Galle es una de las ciudades de mayor interés histórico de Sri Lanka. Antiguamente fue el puerto principal del país, entonces denominado Ceilán. La fortaleza de Galle ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad y ofrece una visión de la herencia portuguesa y holandesa de Sri Lanka. Hasta la construcción del puerto de Colombo en el siglo XIX, Galle era el primer puerto del país, y aun hoy en día sigue teniendo una gran actividad.

Lo primero que hice -pues mi móvil dejó de funcionar del todo- fue ir a mirarme uno sencillo para salir del paso y poder seguir comunicándome con los míos y fotografiando mi viaje.

Una vez activado, me dediqué a ver la parte de la ciudad donde se encuentra la fortaleza, mucho más tranquila que el bullicioso centro de Galle. Aquí se respiraba un ambiente especial entre los niños con bicis, los hombres que practicaban el cricket (herencia de los ingleses) y las oscuras murallas que plantaban cara a las olas del mar.

Con el sol aún brillando, volví a mi hostel a por mis bártulos y cogí un autobús hacia Hikkaduwa.

 

Día 17: Hikkaduwa

Poco más pensaba hacer en Hikkaduwa que relajarme en la playa. Sin embargo, un chico debió verme sola y me ofreció darme una vuelta en moto y enseñarme algunos rincones bonitos que había por la zona. Era monitor de surf en temporada alta, pero en ese momento no tenía nada mejor que hacer…y yo tampoco, así que me pareció estupenda su propuesta 😀

Primero fue a su casa a por un casco para mí, me recogió en la playa y fuimos en moto a un lago cercano con un aire muy místico. Según me contó Kumara, en ese lago se celebran bodas pero la verdad es que en ese momento, sin un alma, tenía un halo natural y misterioso.

Después volvimos a la playa de Hikkaduwa y arrancó unas plantas, se metió al agua cuando el sol se ponía y consiguió que varias tortugas se acercaran a la orilla a alimentarse. Qué pasada! Justo 3 días antes yo había pagado por ver desovar a las tortugas y no pude ver casi nada tras horas de espera. Y sin embargo ahora, sin esperarlo, estaba rodeada por 3 o 4 tortugas de un tamaño considerable!

Antes de ir a ver las tortugas, fuimos a comprar pescado a una especie de mercado o lonja, y tras el espectáculo marino Kumara montó una hoguera en la playa y cocinamos unos pescados riquísimos. La barbacoa la pasamos conversando, comiendo atún y bonito que estaban deliciosos, y bebiendo Tigers Arrack (el famoso licor de coco que ya había probado en Sigiriya días atrás). Le agradecí lo que se lo había currado conmigo, pero parecía encantado de tener compañía y de verme tan emocionada por todo lo que habíamos hecho.

Día 18: Hikkaduwa beach y vuelta a Colombo. Regreso a España.

Tal y como habíamos quedado, desayunamos juntos Kumara y yo, y finalmente me llevó a una tienda para que comprara los últimos regalitos y encima a precios locales, ya que el dueño era su amigo jiji. A las 12.30h me despido con tristeza de mi colega en Hikkaduwa, pues mi viaje llega a su fin (aunque aún me quedan 34 horas para llegar a mi tierra!). Los viajes de vuelta no los llevo muy bien, pues regresar a la rutina después de haber vivido cosas tan especiales no siempre es fácil. Lo mejor de volver a casa… Poder estrujar de nuevo a mis dos gatitos!

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