5. Puerto Viejo y Cahuita en 3 días.

La esencia del Caribe costarricense

Al día siguiente nos despedimos de Bocas del Toro, para continuar el camino hacia Puerto Viejo. Les comenté a las chicas que prefería pasar un par de días a mi ritmo (una, que es un alma solitaria  y necesita sus momentos de intromisión…) y me adelanté en el check out.

Salí hacia Puerto Viejo temprano, para lo cual había que tomar una lancha de vuelta a Almirante (como ya había terminado la huelga pagué el precio normal, 5$) y después había que tomar varios buses para cruzar la frontera en Sixaola, esta vez con destino Puerto Viejo (Costa Rica).

Una vez más no tuve ningún problema con el tema de combinar y encadenar los buses, ni con cruzar la frontera. Esta vez los trámites no me llevaron más que media horita (cuño en la aduana de Panamá, cruzar andando el puente que se encuentra justo en la frontera y cño en la aduana de Costa Rica). En ningún momento me pidieron dinero en efectivo, ni siquiera billete de avión de vuelta a mi país. Ya en Sixaola me encontré a Anabel y Lidia, y juntas cogimos un autobús público que salía a las 11.30am hacia Puerto Viejo. Sobre las 12.30h llegaba a Puerto Viejo. Los horarios, aquí:

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Al llegar a Puerto Viejo me quedé en el primer hostel que vi, que me dio muy buenas vibras por su ubicación (porche con vistas al mar, y situado frente a la parada de autobús) que me pillaba genial para coger el bus en dirección a Cahuita.

Desde el porche del Hotel Maritza

Se trata del hotel Maritza, y de entre los diferentes tipos de habitación, elegí una con cama de matrimonio, con ventilador y baño compartido por 10$. La verdad es que si durante el día hacía sol, la habitación se recalentaba un poco, pero llegada la noche se podía descansar. Y la ubicación era inmejorable. El hotel también dispone de una cocina para uso común, aunque no la llegué a utilizar, tanto ceviche jeje.


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La tarde la dediqué a pasear por Puerto Viejo.

Jóvenes tocando batucada frente al mar

Este pequeño pueblo costero me embaucó desde el primer minuto. Enseguida percibí un ambiente relajado/caribeño/hippie especial: una batucada tocando ritmos caribeños en el campo de basket frente a mi hotel, una linda playa de palmeras, un cantante de reggae que se alojaba en mi hotel, con el cual empecé a conversar y que me invitó a probar un apetecible aceite de marihuana, otro lindo atardecer desde la playa… ¡Había encontrado mi paraíso, y no podía pedir más!

Y ya cuando oscurecía me dirigí hacia la zona más concurrida de Puerto Viejo, donde los numerosos restaurantes y terrazas se iluminaban y se llenaban de turistas; las tiendas de souvenirs y ropa hippie (con precios de ver y no tocar) continuaban abiertas; y una mezcla de personas de origen afrocaribeño (asentados en esta zona desde hace años), locales y turistas nos cruzábamos saludándonos o sonriéndonos, fruto del buen rollo de este lugar.

Tras zamparme el ceviche número 500 del viaje en la marisquería Mopri, me volví a mi alojamiento, no sin antes escuadriñar entre las paraditas de artesanía por si encontraba algún regalito chulo para llevar a familia y amigos.

Al día siguiente tocaba ver el parque nacional de Cahuita. Este parque, que se sostiene a través de donaciones de los visitantes, tiene su entrada en una playa que se encuentra a las afueras de Cahuita. Para entrar no había cola, pues fui bastante pronto (sobre las 8.30am) precísamente con esa intención y para evitar las horas de calor.

El día estaba bastante nublado, así que el uso del chubasquero se hacía necesario a ratos. Los senderos, bien señalizados, transcurren paralelos al mar, por lo que de vez en cuando pasas por playas que deben ser preciosas, aunque por la falta de sol perdían bastante colorido. Al ir sola y tampoco llevar guía, la verdad es que no vi demasiados animalillos. Pero recorrí el camino con mucha calma, parándome a hacer fotos a cualquier playa, planta o bichito que captara mi atención.

Cuando unas 2 horas y media más tarde llegué a Punta Cahuita estaba indecisa. Si seguía podía continuar andando otras 3 horas más o también podía volver sobre mis pasos para salir del parque. La verdad es que eso de volver por el mismo camino no me hacía mucha ilusión, pero muchas ganas de seguir andando tampoco habían. Y justo allí, sentada en una mesa tipo merendero mientras nos protegíamos de la fina lluvia, vi aparecer una lancha. Me lancé a preguntar al “capitán” si tenía opción de montar para ir hacia Cahuita, y éste me dijo que se encontraba a punto de llevar a una familia a hacer snorkel a una barrera de coral, y que tras ello sí que continuarían a Cahuita. Le pregunté precios y si podía unirme al grupo, y 20$ tuvieron la culpa. Así que a los pocos minutos me encontraba buceando en una barrera de coral dentro del parque nacional de Cahuita, viendo pececillos en el mar Caribe. Estuvimos una media hora y después regresamos a Cahuita.

Mientras buscaba algún lugar para comer, pues era tarde y llevaba horas sin probar bocado, aproveché para pasear por las calles y también las afueras de Cahuita. Finalmente, y muerta de hambre pues no lograba encontrar ningún restaurante o soda baratito o que me apañara, salí a la carretera principal, la que comunicaba Cahuita y Puerto Viejo. Al ver que allí había una parada de autobús que se suponía llevaba a Cahuita me quedé en un restaurante a pocos metros de esta. Tras zamparme una hamburguesota y un jugo de tamarindo, me dirigí a la parada. Los minutos pasaban y ni rastro de autobuses. Menos mal que soy un poco ansiosa, y me decidí a caminar de nuevo hacia el centro de Cahuita, ya que al llegar a la estación me dijeron que el autobús salía desde allí, no paraba en la paraba donde había esperado previamente… y aún me quedaba una hora de espera, así que seguí paseando por Cahuita. Sinceramente, aunque me habían dicho que es un lugar muy bonito, me pareció como demasiado tranquilo, los alojamientos estaban dispersos, no había nada de ambiente, y la playa que vi no me encantó. Me alegré de haberme alojado en Puerto Viejo, donde puedes encontrar mayor oferta de excursiones, tours, tiendas, restaurantes, etc.

Una vez más, volviendo a la estación me encontré a Anabel y Lidia, que me dijeron que al día siguiente pensaban salir hacia Arenal. Yo ni me había planteado moverme, pues aún me quedaban cosas interesantes que ver por esta zona y quería seguir disfrutando del ambiente de Puerto Viejo que tanto me estaba gustando.

Cené ceviche en el Restaurante Chile Rojo y me casqué dos mojitos porque había 2×1. Había hablado de cenar con las chicas, pero parecía que nuestros horarios no se acababan de acoplar (yo madrugaba e iba siempre por delante en las comidas), por lo que llegaron al restaurante cuando yo ya me había marchado.

Al día siguiente, decidí alquilar una bici para ir a Playa Cocles (una playa de arena dorada y buena para practicar surf), y para visitar el Centro de Rescate de Animales Jaguar. Playa Cocles quedaba antes, pero preferí continuar hacia el centro de rescate para ya después, comer mientras regresaba y quedarme a descansar en la playa. El centro de rescate, al que había ido por recomendación de la dueña de mi hotel, me encantó.

Dos monos carablanca rescatados, una herida y otro bebé huérfano
Perezosos rescatados
Grupo de perezosos rescatados
Bebé mono congo rescatado
Papagayo de Guayaquil, rescatado

La impresión que me dio el centro es de una extraordinaria organización y buena gestión, con muchos jóvenes voluntarios que cuidan y dan cariño a los pequeños animalitos, o que guían a los visitantes informando de buen agrado a los que visitamos el centro… La mayor parte de animales rescatados (perezosos, monos, caimanes o cocodrilos, aves,…) han sufrido abuso por parte de humanos, o han sido atropellados, o que han quedado huérfanos porque sus mamás han muerto atropelladas o electrocutadas. Me fui muy contenta por la visita, por haber podido ver perezosos tan cerquita (algo complicado si se encuentran en su hábitat), y con muchas ganas de ser voluntaria algún día en un lugar así.

Cogí la bici de nuevo y tras parar a comer, escogí un lugar a la sombrita en Playa Cocles, donde eché una cabezadita, sin confiarme ya que debía devolver la bici antes de las 5pm (que cerraban la casa de alquiler).

Me hubiera gustado despedirme de Puerto Viejo con un bonito atardecer pero el cielo, como veis, estaba bastante nublado y no pudo ser. Aun así, Puerto Viejo yo creo que es el lugar que con más cariño recuerdo de los que visité en Costa Rica, y aunque encantada me hubiera quedado más días, debía continuar mi camino hacia Arenal, y por último, Monteverde.

Continúa leyendo… Costa Rica parte 6: Arenal

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